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Ica:
más allá del desierto

Muchas veces, los viajes nos entusiasman por la oportunidad de descubrir nuevos lugares. Pero, en ocasiones, no es solo el destino lo que los hace memorables, sino las personas con quienes los compartimos. Este fue uno de ellos.

Con esa idea emprendimos nuestro viaje por Ica y Paracas, en la costa sur del Perú. Viajábamos juntas por trabajo, con una misión: explorar, probar y descubrir experiencias capaces de sumar nuevas posibilidades a los viajes que diseñamos en la región. Durante estos días conocimos mucho más de lo que reuniríamos en un solo itinerario; justamente de eso se trataba, de ampliar nuestra mirada para luego elegir y combinar cada experiencia según los intereses de cada viajero.

Partimos por carretera desde Lima, atravesando el paisaje árido de la costa, hasta llegar a nuestra primera parada: la destilería Huamaní. Aunque Paracas es conocida mundialmente por su desierto y su bahía, queríamos mirar un poco más allá de sus visitas más conocidas y descubrir otras experiencias que pudieran enriquecer un viaje por la zona.

Había probado sus piscos en las cartas de algunos de los mejores restaurantes de Lima, pero conocer su origen es una experiencia completamente distinta. Su historia se remonta a 1890 y continúa, después de cuatro generaciones, manteniendo una producción artesanal en pequeños lotes y antiguos alambiques de cobre. Escuchar a sus expertos catadores, recorrer las instalaciones y entender su proceso de elaboración hace que después uno mire —y pruebe— el pisco de otra manera.

Más tarde, disfrutamos de la gastronomía de Paracas, donde los productos del mar tienen un lugar protagonista y reflejan la estrecha relación de la zona con el Pacífico. Así cerramos un gran primer día.

Al amanecer vivimos uno de los momentos más inolvidables del viaje. Nos adentramos en una zona de cultivo de conchas de abanico, donde pescadores y productores nos reciben para mostrarnos cómo se crían estos moluscos. Esta vez, no nos quedamos mirando desde fuera: entramos al mar, recogemos el producto y preparamos un plato con las conchas recién extraídas. Y ahí está lo especial de esta experiencia: poder pasar del mar a la mesa en cuestión de minutos y probar un producto realmente fresco y delicioso, algo difícil de encontrar en otros destinos.

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Palmira
ANDREA DURAN

Gerente para Latinoamérica
andrea.duran@colturperu.com

Llega el momento de seguir la ruta hacia Ica, una región donde el desierto guarda una paradoja fascinante. La costa peruana es desértica por una combinación de factores que limita las lluvias, entre ellos la influencia de la corriente fría de Humboldt y la barrera natural de los Andes. Y, sin embargo, en medio de este territorio conviven viñedos, campos de cultivo y una larga tradición pisquera. Luego del almuerzo y una pausa, nos preparamos para explorar otra de sus caras: el desierto.

A bordo de vehículos Can-Am recorremos dunas inmensas. Entre subidas, bajadas y pistas escondidas, participamos en un divertido juego grupal para encontrar un tesoro. El paisaje parece cambiar minuto a minuto y la dinámica añade algo inesperado: aventura, complicidad y trabajo en equipo en medio de una geografía que parece no tener fin.

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Al caer la tarde, hacemos una pausa para disfrutar del atardecer entre las dunas. Después de la energía del recorrido, el ritmo cambia por completo: brindamos con espumante y terminamos el día con un picnic junto a la fogata, bajo un cielo estrellado.

Esa noche nos hospedamos en el Hotel Viñas Queirolo, rodeadas de kilómetros de viñedos. En pocas horas hemos pasado del Pacífico a las dunas y, finalmente, a las vides: tres paisajes que ayudan a comprender la sorprendente diversidad que convive en esta parte de la costa peruana

El tercer día empieza muy temprano. Nos dirigimos hacia el Cañón de los Perdidos, una formación geológica ubicada en medio del desierto de Ica.

Llegamos en vehículos 4×4 y luego iniciamos una caminata que nos conduce hasta el fondo del cañón. Según investigadores, este paisaje —que fue alguna vez un fondo marino— acumula millones de años de antigüedad. Recorrer los senderos entre sus enormes paredes de roca, permite descubrir un paisaje de Ica muy distinto al que normalmente asociamos con la región.

Por la tarde, retomamos nuestra ruta del pisco en la histórica Hacienda La Caravedo, fundada en 1684 y considerada la destilería en funcionamiento continuo más antigua de América con más de tres siglos de tradición pisquera. Recorremos sus espacios, conocemos su historia y, guiadas por expertos, incluso llegamos a elaborar nuestro propio pisco acholado. Pasar de observar el proceso a participar en él, hace que la visita tenga otro significado.

Terminamos el día con un brindis en uno de los miradores de la hacienda, mientras cae el sol sobre los viñedos.

A la mañana siguiente visitamos un fundo dedicado al cultivo de espárragos y arándanos. Cuesta imaginar que, en una región tan desértica como Ica, la agricultura tenga hoy un papel tan importante. En las últimas décadas, el desarrollo de sistemas de irrigación y nuevas tecnologías agrícolas ha permitido aprovechar estas tierras y convertir a la región en uno de los principales polos agroexportadores del Perú. Durante la visita conocemos todo el proceso, desde la siembra hasta la exportación, y también nos animamos a participar en algunas de las labores del campo.

Más tarde llegamos a Hacienda Tacama y la ruta adquiere una nueva dimensión. Su historia se remonta a la década de 1540, cuando Francisco de Carabantes estableció aquí lo que la propia bodega identifica como el primer viñedo de Sudamérica.

Su valor va más allá de la historia. La hacienda conserva la esencia de las antiguas propiedades costeñas, mientras su bodega histórica convive con una producción contemporánea. Sus vinos también han sido reconocidos en concursos internacionales como el International Wine Challenge y los Decanter World Wine Awards, reflejo de una producción que ha sabido evolucionar con el tiempo. Nuestra visita termina con una cata de vinos y piscos que nos acerca a una tradición vitivinícola que Tacama mantiene viva desde hace casi cinco siglos.

Nuestro último día comienza en la Hacienda San José, en Chincha. Más allá de su arquitectura colonial, la visita nos acerca a una parte fundamental de la historia del Perú, marcada por la llegada forzada de africanos durante la época colonial y por el extraordinario legado cultural que sus descendientes han preservado y enriquecido a lo largo de generaciones. Chincha es hoy uno de los grandes referentes de la identidad afroperuana, especialmente a través de su música, danza y tradiciones.

Recorremos la hacienda, su capilla y sus espacios históricos antes de participar en una clase acompañadas por músicos y bailarines afroperuanos.

Intentamos seguir el ritmo del cajón, bailamos y reímos mientras conocemos de una manera mucho más cercana algunas de las expresiones culturales que forman parte de la identidad de la región. Es una de esas experiencias en las que uno deja de ser solo observador y termina involucrándose de verdad en lo que está ocurriendo.

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Mientras emprendemos el camino de regreso, queda claro que estos días nos mostraron muchas maneras distintas de descubrir una región que a primera vista puede parecer dominada por el desierto. Entre el mar, los viñedos, el campo, la aventura y la cultura de Chincha, encontramos experiencias muy diferentes entre sí y nuevas posibilidades para diseñar experiencias según los intereses de cada viajero.

Pero la inspección también terminó dejándonos algo que no estaba en nuestro check list. Fueron días de conversaciones interminables, risas espontáneas, brindis y experiencias compartidas entre mujeres que trabajamos juntas. Al final, los lugares son una parte fundamental del viaje, pero la compañía también puede cambiar por completo la manera en que los vivimos.

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