Ayacucho:
un viaje al alma del Perú
Enmarcado por imponentes montañas y un cielo azul incomparable, Ayacucho es un destino rico en historia y arte. Aquí nació el primer gran imperio de los Andes, el de los Wari, y también se consolidó el inicio de nuestra historia republicana.
El pueblo ayacuchano, sobreviviente de uno de los episodios más duros de nuestra historia reciente, ha sabido transformar su memoria en arte. Sus elaborados retablos, su cerámica, las tallas en piedra de Huamanga, las famosas tablas de Sarhua y su destacada textilería inspiran y enamoran. Además, sus iglesias coloniales y sus festividades —su Semana Santa es reconocida entre las más importantes del mundo católico— testifican su espiritualidad y la fuerza de su identidad.
Con la reciente visita de Diego, reafirmamos que Ayacucho es una región aún poco explorada, pero que emociona y transforma a quien la recorre. Desde COLTUR, te invitamos a dejarte conmover por su grandeza.
Después de varios años sin regresar, volví a esta tierra que guarda en su esencia la historia, el arte y la memoria viva de nuestro país.
Un vuelo breve desde Lima —apenas cincuenta minutos— me lleva al corazón de los Andes del sur, donde Ayacucho me recibe con su luz cálida. A 2 700 metros de altitud, esta ciudad —conocida como la “ciudad de las iglesias” por sus más de treinta templos coloniales— despliega desde el primer momento una atmósfera serena, casi sagrada. En una de sus casonas coloniales se ha instalado también una de las cadenas hoteleras peruanas con presencia en todo el país, Casa Andina, que hoy apuesta por el destino con su marca estándar y, próximamente, con su versión premium.
La travesía comienza en el Museo de Sitio de Wari, donde se exhiben cerámicas, textiles y esculturas en piedra que dan testimonio de una civilización que floreció quinientos años antes de los incas. Considerados precursores en la expansión territorial andina, los Wari fueron los primeros en desarrollar una extensa red vial que, siglos después, serviría de base para el Qhapaq Ñan —Gran Camino Inca, en quechua—. Este gran complejo arqueológico impresiona por su arquitectura adelantada a su tiempo: galerías subterráneas, plataformas ceremoniales y edificaciones monumentales revelan el legado de un pasado tan sofisticado como poderoso.
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DIEGO VELASCO
Gerente para Europa, Australia & Nueva Zelanda | Bespoke Journeys
diego.velasco@colturperu.com
Al día siguiente, el cielo despejado me invita a ir en busca de naturaleza. Temprano, emprendo un viaje hacia las pozas turquesas de Millpu, un destino que en el último tiempo se ha ido haciendo famoso por su belleza y, definitivamente, por la popularidad que le han dado las redes sociales. El trayecto por carretera, de unas tres horas, recorre un camino que asciende lentamente hasta los 3 600 metros de altitud, bordeando montañas y atravesando ricos valles en los que se cultiva maíz, papa, yuca y quinua.
Una vez en el lugar, se debe andar por un sendero por unos 20 a 30 minutos, para finalmente encontrar las piletas de agua ubicadas en las faldas de un cañón. Las pozas turquesas —cuya tonalidad se debe a la combinación de los minerales del agua con el reflejo de los rayos del sol— están rodeadas de paredes de roca y abundante vegetación, lo que hace que todo tenga un aspecto casi mágico, como salido de un cuadro. El camino permite tomar fotos espectaculares, y hay también escaleras para hacerse retratos u obtener vistas panorámicas únicas. La mejor época para visitarlas va de abril a noviembre, cuando las lluvias dan paso a cielos despejados y aguas más cristalinas.
Luego de esta experiencia, regreso al pueblito, donde la comunidad ha incursionado en la crianza y producción sostenible de truchas, lo que permite disfrutar de parte de la rica gastronomía local. En sus cocinas se preparan delicias locales que van desde la clásica trucha frita hasta ceviches y chicharrones que resaltan la frescura del producto y la riqueza de la gastronomía ayacuchana.
Ayacucho no deja de asombrarme. Y así lo reafirmo al explorar dos joyas arqueológicas: Intihuatana y Vilcashuamán.
El complejo arqueológico Intihuatana, ubicado a más de 3 200 metros de altura, habría sido un lugar de descanso para la élite inca. Aquí, además de las maravillas del sereno paisaje andino, destacan construcciones como el reloj solar, el torreón, el palacio, los baños del inca y la laguna artificial en forma de puma, o Pumacocha.
Vilcashuaman, por su parte, fue un antiguo centro administrativo a casi 3 500 metros de altitud. Algunos lo conocen como “el último bastión inca”, no solo por su importancia estratégica, sino por lo que aún guarda en sus piedras. Allí, el Templo del Sol y la Luna se impone con su arquitectura en piedra pulida y tres terrazas escalonadas con nichos, sobre las cuales se levantó, siglos después, la iglesia de San Juan Bautista. A pocos pasos, el Ushno —una pirámide de cinco plataformas— se conserva como uno de los altares ceremoniales más grandes que construyeron los incas. Ambos espacios ofrecen una mirada sobre el proceso de integración, adaptación y poder simbólico que se dio con la llegada del imperio incaico a estas tierras.
Algo que siempre me ha llamado mucho la atención de Ayacucho es su vínculo con el arte, ya que en su identidad conviven la herencia andina y la huella hispana, en una fusión que ha dado vida a expresiones únicas. Reconocida como “Capital del arte popular y la artesanía del Perú”, la ciudad es un semillero de creatividad. En mi último día en la ciudad, me sumerjo en un safari artístico: visito talleres de maestros retablistas y escultores de piedra de Huamanga, quienes tallan no solo formas, sino también memorias, devoción y energía sanadora.
Antes de despedirme, reservo un último momento para ir a la Pampa de la Quinua. Este santuario histórico, extendido sobre 300 hectáreas de luz y silencio, fue escenario de uno de los capítulos más decisivos de nuestra historia: la Batalla de Ayacucho, librada el 9 de diciembre de 1824, que selló la independencia del Perú. Bajo un cielo inmenso, un obelisco monumental se alza como testigo del nacimiento de la república. Estar aquí, dos siglos después, conmueve. No solo por lo que representa, sino por la forma en que el paisaje y la memoria se abrazan en un mismo lugar.
Dejo Ayacucho con el alma llena. Esta tierra generosa ofrece historia viva, paisajes conmovedores, sabores auténticos y un arte que habla desde el corazón. Un destino que no se visita, se vive.
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