Puno:
más allá del lago Titicaca
Esta crónica recorre templos, talleres, encuentros con personas maravillosas y paisajes sagrados que descubren una tierra aún por explorar —profundamente auténtica— en el corazón del sur andino.
Acompaña a Roser en un recorrido que devela la dimensión más profunda del altiplano
Llego de mañana a Puno. La ciudad descansa a orillas del Titicaca, el lago navegable más alto del mundo. Cuenta la tradición que de sus aguas emergieron Manco Cápac y Mama Ocllo, quienes dieron origen al Imperio Inca. Aquí, el tiempo parece discurrir entre lo sagrado y lo cotidiano: esta región es territorio de sincretismos, de devoción profunda y de celebraciones que entrelazan la cosmovisión andina con la herencia colonial.
Arte, fe y sincretismo a orillas del Titicaca
Mi recorrido inicia adentrándome en el arte festivo, uno de los pilares de la identidad puneña. En una interesante visita, un bordador de trajes tradicionales me explica la compleja simbología de danzas típicas como la Diablada y la Morenada, lo que me ayuda a comprender que cada pieza de vestuario refleja historia, jerarquía y memoria colectiva. Luego, un maestro mascarero me comparte su asombroso trabajo que materializa el mestizaje cultural altiplánico. Los diablos, arcángeles y personajes híbridos representados en sus máscaras son testimonio de la fusión entre el imaginario europeo y la tradición andina.
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ROSER STRATER
Directora de Gestión de Producto
roser.strater@colturperu.com
Al día siguiente partimos hacia el Inca Tunuhuiri, uno de los espacios más enigmáticos y menos conocidos de la zona. Ubicado cerca del pueblo de Ichu, este centro ceremonial preinca ofrece una vista majestuosa del lago Titicaca, el cual se extiende ante nuestros ojos como un espejo azul entre montañas. El sitio arqueológico conserva muros de piedra arenisca, bloques antropomorfos y terrazas que permiten suponer su relevancia ritual. Si bien sus orígenes se remontan a la cultura Pucará (500 a.C.–400 d.C.), se sabe que fue posteriormente reutilizado por los incas. Incluso hoy los pobladores locales realizan ofrendas a la Pachamama y los apus, manteniendo vivo su legado místico.
De regreso en la ciudad, un almuerzo pausado me prepara para la siguiente visita: San Luis de Alba, asentamiento minero del siglo XVII que, gracias a la explotación de plata, fue clave en el surgimiento de la ciudad. Entre vestigios coloniales y el paisaje abierto del Altiplano, descubro cómo este metal tan preciado fue capaz de atraer poder y evangelización pero, sobre todo, una profunda transformación social.
Al amanecer me espera una de las rutas más completas del altiplano, una experiencia que combina historia, arqueología, naturaleza y cultura viva desde una mirada distinta. Partimos hacia Cutimbo, complejo arqueológico donde las chullpas — torres funerarias prehispánicas construidas en piedra— se alzan sobre una meseta abierta y silenciosa. Muchos asocian las chullpas del altiplano con Sillustani; sin embargo, en Cutimbo, la experiencia es distinta: más íntima, más pausada, casi privada pues el flujo turístico es prácticamente mínimo.
La caminata hacia la cima, de unos 25 minutos, transcurre entre queñuas (Polylepis spp.), árbol nativo de los Andes conocido por crecer a grandes altitudes —entre los 3 500 y 5 000 metros— y cuyos troncos se desprenden en finas láminas, como si el paisaje también quisiera narrar su propia memoria. Al llegar a la meseta, la vista es realmente asombrosa: grandes chullpas talladas con precisión se alzan dominando un paisaje de montañas y cielo azul. La energía poderosa del lugar, que se siente apenas uno llega, es reforzada por la magnitud arquitectónica de estas criptas y su conexión con las culturas prehispánicas.
Pero la experiencia más conmovedora del día llega en la comunidad de Ayrumas Carumas. Al llegar, recibimos una cálida bienvenida, para luego aprender de sus tejidos tradicionales y del trabajo asociativo que han desarrollado. Esta visita es testimonio de cómo el turismo puede convertirse en herramienta de impacto positivo y sostenibilidad real.
Junto a los comuneros y una manada de simpáticas llamitas, empezamos nuestra caminata hasta la cima del Qawrani Tiyi, sitio sagrado ubicado en lo más alto de la montaña principal de la comunidad. Para llegar, debemos atravesar el Quñuna, un estrecho paso de roca que asemeja una cueva, donde la tradición invita a pedir un deseo. Desde lo alto, el paisaje y los grandes farallones petreos se muestran como esculturas del tiempo, talladas por siglos de viento.
Este cuarto día, y el último, me invita a explorar el lado noroeste del altiplano.
La primera parada es en Lampa, fundada en 1548 y uno de los centros más relevantes del altiplano durante el periodo virreinal. Su trazado y arquitectura en piedra volcánica rosada hablan del esplendor que alcanzó entre los siglos XVII y XVIII. Empiezo con la Iglesia de Santiago Apóstol, edificada a fines del siglo XVII y considerada una de las expresiones más singulares del barroco andino en el sur del Perú. El templo destaca por el uso integral de materiales locales y por su cubierta de tejas cerámicas vidriadas, poco común en la arquitectura altoandina, que refleja la luz con un brillo particular.
En el interior se conservan altares y pinturas vinculadas a la escuela cusqueña, además de las catacumbas coloniales. Allí se encuentra también una réplica de La Piedad de Miguel Ángel; un detalle que revela cómo los modelos artísticos europeos circularon y fueron reinterpretados en los Andes, integrándose a la identidad cultural de la ciudad.
Luego, el camino se abre hacia el bosque de Puyas de Raimondi (Puya raimondii), especie endémica de los Andes peruanos y considerada la bromelia más grande del mundo. Puede superar los diez metros de altura y producir una inflorescencia con miles de flores, pero lo verdaderamente extraordinario es su ciclo de vida: puede tardar entre 40 y 100 años en florecer, y lo hace una sola vez antes de morir. En el altiplano, esta planta ha sido vista como símbolo de resistencia y paciencia, una metáfora viva del mundo andino.
El altiplano más allá del Titicaca
Cuando llega el momento de partir, me llevo la sensación de haber transitado un territorio donde las épocas conviven sin borrarse. Aquí la piedra guarda memoria, el lago susurra mitos antiguos y cada comunidad vive la tradición en presente.
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