Arequipa:
tierra de volcanes y cóndores
De la mano de Carla Acosta, nuestra líder de Bespoke Journeys Norteamérica, exploraremos la ciudad y el impresionante cañón del Colca en busca de nuevas y fascinantes experiencias, que nos sumergirán en la historia local, la cultura viva, la exquisita gastronomía y la arquitectura colonial.
Lo que descubriremos es sólo una pequeña muestra de lo que Arequipa y sus alrededores tienen para ofrecer. ¡Acompáñennos en esta travesía por la tierra de los volcanes!
Mi travesía comienza en la “Ciudad Blanca”, conocida así por sus construcciones hechas en sillar —una piedra volcánica que le da el sello característico—, a 2,335 m s. n. m. (7,660 pies). Sus imponentes volcanes, que la protegen como guardianes, y el Misti, majestuoso y sereno, me recuerdan la fuerza y la grandeza de la naturaleza.
Después de recorrer las principales calles de la ciudad, llego a Cirqa —de la colección Relais & Châteaux—, donde pasaré la noche de hoy. Este hotel boutique, de arquitectura tradicional y decoración contemporánea, fue un pequeño monasterio cuya fundación se remonta a los años 1540.
Emprendo mi camino hacia la Plaza de Armas, en el corazón del casco histórico. Aquí se alza la imponente Catedral, construida completamente en sillar y de estilo neorrenacentista y gótico, cuenta con setenta columnas, dos grandes torres y tres entradas principales. También, descubro el encanto de la iglesia de la Compañía de Jesús, uno de los templos más representativos de la arquitectura arequipeña.
CARLA ACOSTA
Gerente para Norteamérica
Bespoke Journeys
carla.acosta@colturperu.com
Pero Arequipa no sólo me conquista por su arquitectura y herencia cultural, sino también por su deliciosa gastronomía. Me dejo tentar por el aroma que sale de las picanterías —restaurantes tradicionales arequipeños—, donde se sirven los platos típicos de la región. El rocoto relleno, el adobo, el chupe de camarones… cada bocado es un deleite para el paladar.
Mientras recorro las pintorescas calles de esta ciudad colonial, con un delicioso queso helado en mano —uno de los postres emblema—, me sumerjo en la atmósfera única que la envuelve y que se mantiene fiel a su auténtico origen.
Al llegar a las canteras de Añashuayco, puedo ver cómo las grandes paredes de sillar se alzan a nuestro alrededor, testigos silenciosos de siglos de historia y tradición. En mi camino me encuentro con Fortunato, un cantero que lleva más de 15 años extrayendo sillar de estas tierras, tal cual lo hicieron su padre y su abuelo.
Con paciencia y dedicación, me enseña los secretos de su oficio y me invita a poner en práctica algunos de ellos. Quedo sorprendida por su habilidad, pero, sobre todo, por el orgullo que siente por su trabajo. Ahora comprendo el significado detrás de uno de los mantras más famosos de la ciudad: “No en vano se nace al pie de un volcán». Es una frase que refleja la fuerza y la pasión que impregnan la vida y el trabajo de aquellos que llaman a esta tierra su hogar.
El lugar no sólo cuenta con canteros como Fortunato, sino también con algunos escultores que han decidido compartir su arte con todos los visitantes. A unos metros puedo apreciar diversas figuras, columnas e incluso un portal muy alto hecho totalmente a mano.
Minutos después, llego a la quebrada de Culebrillas. El paisaje es impresionante, con paredes de sillar que se elevan hacia el cielo y senderos estrechos que serpentean entre ellas. Con cada paso que doy, soy testigo de su peculiar belleza natural e histórica —y es que es posible apreciar hasta trece agrupaciones de petroglifos—.
Algo que capta mi atención son las apachetas. Es una tradición local armar estos montículos de piedras, colocadas una sobre otra, y ofrecerlas a la Pachamama como señal de respeto y agradecimiento. Me detengo frente a una, sintiendo cuánta historia hay detrás de ella.
Me despido de Culebrillas, emocionada por la aventura y lista para continuar mi viaje hacia el imponente cañón del Colca. Con sus 4,160 m s. n. m. de profundidad, es considerado uno de los más profundos del mundo y un destino imperdible para los amantes de la aventura y la naturaleza.
Antes de que el sol se esconda, llego a Puqio, un refugio de elegantes casitas y tiendas de campaña en el corazón del Colca. Desde la terraza de mi habitación, disfruto de una vista panorámica del valle, mientras tomo un sorbo de té de muña —planta oriunda, conocida como la menta de los Andes—. Estoy lista para sumergirme en la experiencia única de conexión con la cultura local que este acogedor hotel tiene reservada para mí.
El Colca se caracteriza por sus reparadoras aguas termales, por lo que, un baño relajante cierra mi día y me prepara para mi aventura de mañana.
Al llegar, quedo impresionada al contemplar los imponentes chorros de agua y vapor caliente que brotan desde la tierra. Entre la emoción de presenciar esta maravilla natural, no puedo evitar admirar el pico nevado del volcán cuando, de repente, veo tres cóndores que me dan la bienvenida a este mágico lugar. Observar su vuelo majestuoso y elegante es una experiencia que quedará grabada en mi memoria para siempre.
Por la tarde, emprendo una corta caminata hacia el centro arqueológico de Uyo Uyo. Esta pequeña ciudadela, perteneciente a los collagua —un pueblo Aymara—, es un testimonio vivo de la rica cultura de la región. Desde aquí se tienen las mejores vistas, especialmente cuando el sol dorado del atardecer tiñe el paisaje de un tono anaranjado.
El sendero, a veces serpenteante, me lleva a través de pueblitos y paisajes para, finalmente, llegar al mirador. Aquí me encuentro con una vista impresionante del imponente cañón del Colca, uno de los más profundos del mundo.
Con una emoción creciente, espero el momento en que los cóndores harán su aparición. Y entonces, como si fueran guardianes de las alturas, los veo aparecer, deslizándose con sus enormes alas extendidas —que pueden llegar a medir hasta 3 metros de ancho—, en un espectáculo natural único.
Descubre las maravillas que tiene Perú para tus viajeros.
Ver itinerario sugerido.
