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Tras las huellas de los Chachapoyas:
un viaje al alma de los Andes Amazónicos

Habiendo recorrido prácticamente todo el Perú, hay regiones que guardo especialmente cerca del corazón. Una de ellas es Chachapoyas y el valle del Utcubamba, lugares a los que volvería mil veces no solo por su belleza natural y cultural, sino porque conservan su esencia intacta y muestran enorme potencial para abrir nuevas rutas.

A lo largo del tiempo, he tenido el privilegio de recorrer la zona junto a arqueólogos y especialistas. Esto me ha permitido comprender que aún queda mucho por investigar, y también que el turismo responsable es clave para su correcta interpretación y puesta en valor. Por eso, hoy quiero compartir algunas de las excursiones que considero vitales para apreciar cómo aquí se entrelazan arqueología monumental, cultura viva, naturaleza exuberante y aventura.

Viajemos juntos a este lugar maravilloso en el que cada visita se siente como una expedición digna de una película.

Luego de un vuelo muy corto, de cerca de una hora, aterrizo en Chachapoyas. Como las llegadas aéreas suelen ser temprano por la mañana, siempre recomiendo aprovechar el día para aclimatarse y reconocer el territorio. La ciudad, capital de la región Amazonas, es pequeña —tiene apenas unos 60,000 habitantes— y conserva un ritmo de vida tranquilo, muy distinto de ciudades grandes como Lima, Arequipa o Cusco.

Mi recorrido empieza en el Mirador de Huancas Urco, donde se revela un panorama hermoso que muestra la transición entre los Andes y la Amazonía. Me encuentro a unos 2,600 metros de altitud y, desde aquí, puedo apreciar el dramático paisaje que forman los cañones de los ríos Sonche y Utcubamba. Como el día está despejado, llego a ver a lo lejos la majestuosa catarata de Gocta.

Muy cerca al mirador, se encuentra el pueblo de Huancas, famoso por su tradición ceramista, vale decir que su cerámica fue declarada Patrimonio Cultural de la Nación en 2012. Allí, me encuentro con la maestra Buenaventura Vilca, quien conserva técnicas ancestrales que le fueron transmitidas por su madre y su abuela. Hoy, doña Buena le enseña a su propia hija a moldear bellos cántaros y ollas que luego hornean en leña, perpetuando así una tradición rica en conocimiento y ritualidad. Explica doña Buena que la greda utilizada se extrae de una cantera cercana, siguiendo el uso ancestral de hacerlo respetando los ciclos del calendario lunar. Por eso, aunque hace varias generaciones que el quechua dejó de hablarse cotidianamente en la región, muchas de las palabras y expresiones ligadas a la alfarería conservan raíces de esta lengua.

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MARIANA WATSON

Directora Comercial
mariana.watson@colturperu.com

Partiendo ya hacia el valle del río Utcubamba, descubro una serie de pueblos alineados a lo largo del cauce del río, cada uno con identidad propia. En el extremo sur se encuentra Leymebamba y, al norte, Cocachimba, separados por unos 120 kilómetros o tres horas de viaje. Mi recomendación es tomarse al menos cinco días para recorrer esta ruta con calma, aunque esto dependerá mucho del interés y el estado físico de los viajeros.
Hacia el extremo sur hay dos atractivos imperdibles. El primero es el Museo de Leymebamba, que ofrece una visión profunda de los Chachapoyas, cultura que floreció en estas montañas entre los años 800 y 1400. La visita al museo se vuelve aún más interesante de la mano de la Dra. Sonia Guillén, su directora, cuya pasión y conocimiento enriquecen la experiencia. Aquí, destacan las más de 200 momias recuperadas de la remota Laguna de los Cóndores, sitio accesible solo tras un exigente trek de más de 45 kilómetros.

El segundo gran atractivo para mí en este destino es La Petaca, conjunto de mausoleos tan espectacular como poco conocido. Tras un bello trayecto a caballo por un sendero, llego al mirador desde donde, con ayuda de un telescopio, contemplo más de un centenar de tumbas construidas en una pared que supera los 250 metros de altura. Dice la leyenda que aquí, en tiempos de la conquista de los incas, uno de los líderes Chachapoya envenenó al Inca Huayna Cápac, para luego suicidarse. El rebelde fue inicialmente enterrado en La Petaca, pero los incas recuperaron y destruyeron su cuerpo, ejecutando así el castigo máximo para quienes creen en la vida después de la muerte. Esta historia quedó inmortalizada en un gran mural junto a los mausoleos, a manera de advertencia para quienes intentaran rebelarse ante el imperio incaico.

La Petaca no es el único lugar para ver mausoleos chachapoyas. Un sitio similar, mucho más accesible y que suele combinarse también con la visita al museo, son los emblemáticos mausoleos de Revash. El recorrido es un circuito de casi cuatro kilómetros por un camino empedrado, en excelente estado y prácticamente plano, con varios miradores que permiten observar de cerca estas antiguas edificaciones funerarias incrustadas en la roca.

La fama de los Chachapoyas se debe, entre otras cosas, al descubrimiento de grandes ciudades como Gran Vilaya y Gran Pajatén, escondidas entre los bosques nubosos. Además, dentro del valle se encuentran asentamientos más accesibles como Ollape, Yalape y, por supuesto, la gran ciudadela de Kuélap, la gran protagonista de todo recorrido en la región.

Kuélap es una fortaleza monumental construida en la cima de una montaña a casi 3,000 metros de altitud. El teleférico permite un acceso sencillo mientras disfruto de vistas espectaculares del valle. La ciudadela, rodeada por un muro de piedra de hasta 20 metros, contiene templos, plazas y viviendas circulares decoradas con frisos tallados en forma de jaguares, serpientes y motivos geométricos. Me acompaña en el recorrido el arqueólogo e historiador Dr. Peter Lerche, un aliado insuperable para comprender la historia, arte y cosmovisión de esta impresionante cultura. La visita a Kuélap es imprescindible: no solo revela la majestuosidad arquitectónica de los Chachapoyas, sino también su sofisticación espiritual y el rol protagónico que jugaron en el norte del Antiguo Perú.

Al día siguiente, continuando mi recorrido de sur a norte por el valle del Utcubamba, visito la región de Luya, donde se encuentra otro de los grandes hightlights Chachapoya: los sarcófagos, una tradición exclusiva del norte del valle. Recomiendo especialmente visitar los sarcófagos de Karajía, que son los más impresionantes y mejor conservados. Un hike por un circuito de 3.5 km nos lleva a un mirador donde vemos la enorme pared rocosa, que alberga decenas de sarcófagos, y permite imaginar el complejo proceso ceremonial de hacer entierros en lugares tan inaccesibles. El grupo principal, conformado actualmente por seis sarcófagos de más de dos metros de altura y decorados en rojo, amarillo, blanco y morado, es uno de los testimonios funerarios más peculiares y sofisticados de toda América precolombina.

Por la tarde, luego de un delicioso almuerzo en un restaurante local, es imposible no visitar el Molino de Piedra de San José. Ahí me recibe Hans, quien cuenta cómo su abuelo construyó el molino con sus propias manos siguiendo métodos tradicionales. He aprendido sobre la elaboración de harina mientras disfruto de uno de los últimos molinos hidráulicos activos de la región, lo que me permite asombrarme con la sabiduría rural y su profunda conexión con la naturaleza. Por supuesto, como en cada visita, disfruto del mejor pan cachanga que he comido, recién salido del horno de leña.

Los últimos días en Chachapoyas decido pasar de la exploración arqueológica a la experiencia de la naturaleza. Me dirijo entonces en mi última jornada a Cocachimba, lugar de bosques nublados, orquídeas, bromelias y enorme biodiversidad. Este es un paraíso para los amantes del birdwatching, a apenas 1,800 metros de altitud. Desde el pequeño pueblo de Cocachimba parte la caminata hacia la Catarata de Gocta, una de las más altas del mundo, con 771 metros de altura. El sendero, de aproximadamente 12 kilómetros ida y vuelta, atraviesa quebradas, puentes y el espeso bosque nublado. La caminata es exigente pero no imposible, y puede complementarse con tramos a caballo.

Empezar antes del amanecer es clave para observar a los gallitos de las rocas (Rupícola peruviana), ave nacional del Perú, en sus rituales de cortejo. También en esta zona habita el colibrí cola de espátula (Loddigesia mirabilis), único en su género. Durante el camino, he tenido la suerte de avistar una tucaneta esmeralda (Aulacorhynchus prasinus), sumando al espectáculo de colores y sonidos del bosque. El susurro creciente del agua marca el tramo final. Gocta se alza imponente, con sus dos caídas majestuosas rodeadas de niebla y verde. No hay mejor ubicación para tomar un merecido desayuno, disfrutar del paisaje y tomar fotos antes de emprender el regreso, evitando el calor y la inminente llegada de multitud de visitantes.

En Chachapoyas la historia, la naturaleza y la vida cotidiana están entrelazadas de una forma única. Aun cuando ya he venido varias veces, mi lista de pendientes en la región no deja de crecer. Este es, sin dudas, un lugar para volver y dejarse sorprender cada vez.

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